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EL VIAJE DE LA PALOMA



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Antonio Mengs

 

 

 

 

 

No es secreto que Hermes se disfrazara de paloma durante siglos, siendo el ave elegida en la iconografía cristiana para señalar el lugar hacia el cual tiende o del cual parece provenir en su totalidad la representación. Eje más de aire que de signo —aunque quizá gracias a ello el signo ha podido permanecer ajeno a la conceptualización y a la palabra—, nadie supo nunca a qué referirse cuando se mienta el Espíritu Santo.

 

Paloma mensajera en la tradición popular, la imaginación lo eleva igualmente a los cielos y por tanto sitúa leal y sabia el mensaje en las nubes. Lejos de la emoción sentimental por un procedimiento de comunicación arcaico, o de la ternura por el ave familiar, la paloma mensajera simboliza el afán por dotar de alas a las palabras, por hacer que lleguen rápido, alcanzar a distribuir la noticia o reverenciar la urgencia del sentimiento. Paloma en vuelo, el mensaje permanece ignorado y arropado en un misterio múltiple: cuál sea su procedencia, a dónde se dirige, si alcanzará su destino o, abatida por la desgracia, alguien la interceptará y traicionará la intención del mensaje; en definitiva —el mensaje y sus connotaciones imprevisibles.

 

 

En el extremo opuesto, pensaba mientras leía el poema de Leigh Hunt The Glove and the Lions (El guante y los leones), el león: animal terrestre por excelencia, emblema de fiereza y vigor, rampante en los blasones como insignia privilegiada del poder terrenal. Acerca del poema dice el comentarista en Minstrels [1]  que ocupa el tercer lugar entre los poemas de Hunt más recogidos en antologías y, como Abou Ben Adhem, demuestra un preciso y delicado equilibrio entre simplicidad y estilo. Como suelen sus poemas, un bello ejemplo de verso narrativo, —no, tal vez, tan brillante como Jenny Kissed Me, o tan memorable como Abou Ben Adhem, pero cuenta una bella historia y lo hace bien. Y añade: si la historia está basada en hechos reales o se apoya sobre la base de una leyenda popular, es algo que desconozco.

 

The Glove and the Lions tiene, de hecho, un carácter más acusadamente narrativo que otros poemas de Hunt; o el desarrollo narrativo, tal vez condicionado en cierta medida por la mayor longitud del verso con respecto a lo que acostumbraba el poeta, es más profuso y por cierto, de traducción compleja: el paso a nuestro idioma hace que el verso se resista a serlo y exija ser recreado, aunque a propósito de estas líneas ofrecemos una aproximación:

 

El guante y los leones

 

Era el Rey Francis un rey vehemente, y gustaba de espectáculos regios,
Y un día en que se enzarzaron sus leones, se sentó en la grada a mirarlos;
Los nobles llenaban los bancos, y a las damas de orgullo,
Y entre ellos se sentaba el Conde De Lorge, junto a la de sus suspiros.
Y era cosa galante de ver, en verdad, aquel soberano espectáculo;
Valor y amor, y un rey en lo alto, y las bestias reales abajo.

 

Rampaban y rugían los leones con aterradoras fauces rientes;
Daban bocados, furiosas miradas, zarpazos cual rayos, sus patas ―batían
    viento;
Con poderoso ímpetu y sordos rugidos rodaron el uno sobre el otro
Hasta que el foso, entre crines y arena, se llenó de confusión atronadora,
Y a través de la verja sangrienta espuma llegaba salpicando por el aire;
Dijo entonces Francis ‘En verdad, caballeros, mejor estamos aquí que allí’.

 

La amada de De Lorge las palabras del Rey tomó al vuelo; una bella dama,
Vivaz, de labios sonrientes y ojos luminosos, de apariencia impasible.
Pensaba ella: mi amante el Conde es valiente en la más alta medida:
Haría sin duda maravillas para demostrar su amor por mí;
El Rey, damas, amantes, todos están mirando; la ocasión es divina;
Tiraré mi guante, para probar su amor; la mayor gloria será mía.

 

Y allá lanzó el guante, para probar su amor; miró luego hacia él y le sonrió;
Hizo él una reverencia, y saltó al momento entre los leones salvajes:
Presto fue el salto, rápido el regreso y ya a su sitio había vuelto,
Cuando arrojó el guante, mas no con amor, al rostro de la dama.
“¡Por Dios!”, dijo el Rey, “¡Bien hecho!” y se alzó de su asiento:
“No amor”, sentenció, “sino vanidad, pide al amor tal hazaña”. [2]

 

 

El poema fue publicado por primera vez en The New Monthly Magazine, en Londres, en Mayo de 1836, ubicándose entre las versiones que Schiller (Der Handschuh, 1797) y Robert Browning (The Glove, 1845) realizaran antes y después.

 

Schiller lo titula El guante, y cuenta así la leyenda:

 

El guante


Delante de su parque de leones,
Aguardando las fuertes emociones
De la lucha, sentado estaba el rey;
A su lado se hallaba la nobleza,
Y alrededor, luciendo su belleza,
Las damas de su grey.


Entonces hizo seña con la mano,
Y por ancho portón,
Con paso reposado y soberano,
Apareció en el círculo un león.
Miró con estupor
En derredor,
Bostezando y aullando con fiereza,
Sacudió la cabeza,
Los miembros varias veces estiró,
Y en el suelo gruñendo se quedó.


A poco el rey de nuevo señaló.
Volvió a abrirse el portón,
Y entró corriendo y comenzó a saltar
Un tigre, y al notar
La presencia, y no dulce, del león,
Con bramido increíble,
Con la cola trazando
Un círculo terrible,
Y la lengua torciendo y estirando,
Al león rodeó
Siniestramente aullando,
Y también en el suelo se tendió.


A poco el rey de nuevo señaló.
Por fin aparecieron
Dos bellos leopardos, los que ansiosos
De entrar a pelear, se dirigieron
Hacia el tigre rabiosos.
Este les mira con furor de reto,
Mas el león, bramando,
Se levanta, un instante queda quieto,
Luego va por el círculo rodando,
Y arremete tan fuerte
Que caen ambos con dolor de muerte.


Entonces, desde arriba, al ruedo salta
Un guante de la mano de una dama,
Justamente entre el tigre y el león,
Y a Delorges volviéndose, en voz alta,
La señorita Kunigunda exclama
con un tono sarcástico y burlón:
«¿Vuestro amor, caballero, es tan sincero,
Como vos me decís a cada instante?
Si es así, ¿me queréis coger el guante?»


Y con veloz carrera, el caballero
Baja al círculo horrendo
Con paso bien seguro y presuroso,
Y del medio monstruoso
Toma el guante en la mano, sonriendo.
Y con horror y espanto, y con sorpresa,
Todos ven regresar al caballero,
Tranquilo y altanero
Con su presa.
Suena en todas las bocas la alabanza
Y con mirada dúlcida y profunda,
Prometiéndole un mundo en esperanza,
Percibe a la preciosa Kunigunda.
Y entonces, con desdén sordo e infinito,
Y tirándole el guante en plena cara,
«Gracias, la dice, no lo necesito.»
Y de ella para siempre se separa. [3]

 

 

Aquí y allá se citan generalmente los Essais Historiques sur Paris, de M. de Saint-Foix, como fuente temática de los tres poemas referidos que, con distintas variantes, conservan en lo esencial los elementos de la historia. La apostilla moral es la misma —no amor, sino vanidad, es quien se atreve a exigir tales pruebas—, así como el desenlace seco y abrupto, centrado en el dramatismo del guante golpeando el rostro, con que el caballero reniega de la dama.

 

Mas cuando adelantamos en busca de precedentes y veneros nos damos de bruces con lo inesperado, como si la paloma, de pronto, variase de tonalidad. Tres siglos antes, nos dice el hispanista norteamericano Daniel Eisenberg, el relato se cuenta en el romance «Ese conde Don Manuel / que de León es nombrado», publicado en la Rosa gentil de Juan Timoneda (Valencia 1573; ed. en Rosas de romances, fols. lvv-lviir) y reimpreso en la Segunda parte de la Sylva de varios Romances de Juan de Medaño (Granada 1588; ed. Antonio Rodríguez-Moñino (Oxford: Dolphin, 1966), fols. 28v-30r); el texto se encuentra también en el Romancero general de Agustín Durán, Biblioteca de Autores Españoles, 10 y 16 (1851; reimpresión, Madrid: Atlas, 1945), II, 134.» El Conde don Manuel es «Don Manuel de León, un famoso caballero sevillano de finales del siglo XV que tiene un papel importante en las Guerras civiles de Granada de Pérez de Hita.»[4]

 

El origen español de la leyenda ha sido atestiguado por diferentes investigadores, entre otros Menéndez y Pelayo, quien en su introducción a El guante de Doña Blanca, de Lope de Vega, la señala como parte de las aguas en las que bebe el drama del madrileño y proporciona otras tantas citas de la misma en la literatura española [5]. Por ejemplo, en Galán Valiente y discreto, de Antonio Mira de Amezcua, Jornada III, dice Don Fadrique:


En Castilla sucedió
que una dama arrojó un guante
en presencia de su amante
a unos leones. Entró
el galán y le sacó
y luego a su dama infiel
le dio en el rostro con él.

 

 

Pero leamos el Romance 1131 de la colección del Romancero general:


Cómo Don Manuel de León sacó el guante
de su dama de entre los leones

(Anónimo)

 

Ese conde Don Manuel,
Que de León es nombrado,
Hizo un hecho en la corte
Que jamás será olvidado,
Con Doña Ana de Mendoza,
Dama de valor y estado:
Y es, que después de comer,
Andándose paseando
Por el palacio del Rey,
Y otras damas a su lado,
Y caballeros con ellas
Que las iban requebrando,
A unos altos miradores
Por descanso se han parado,
Y encima la leonera
La Doña Ana ha asomado,
Y con ella casi todos,
Cuatro leones mirando,
Cuyos rostros y figuras
Ponían temor y espanto.
Y la dama por probar
Cuál era más esforzado,
Dejóse caer el guante,
Al parecer, descuidado:
Dice que se le ha caído,
Muy a pesar de su grado.
Con una voz melindrosa
D’esta suerte ha proposado:
—¿Cuál será aquel caballero
De esfuerzo tan señalado,
Que saque de entre leones
El mi guante tan preciado?
Que yo le doy mi palabra
Que será mi requebrado;
Será entre todos querido,
Entre todos más amado.—
Oído lo ha Don Manuel,
Caballero muy honrado,
Que de la afrenta de todos
También su parte ha alcanzado.
Sacó la espada de cinta,
Revolvió su manto al brazo;
Entró dentro la leonera
Al parecer demudado.
Los leones se lo miran,
Ninguno se ha meneado:
Salióse libre y exento
Por la puerta do había entrado.
Volvió la escalera arriba,
El guante en la izquierda mano,
Y antes que el guante a la dama
Un bofetón le hubo dado,
Diciendo y mostrando bien
Su esfuerzo y valor sobrado:
—Tomad, tomad, y otro día,
Por un guante desastrado
No porneis en riesgo de honra
A tanto buen fijo-dalgo;
Y a quien no le pareciere
bien hecho lo ejecutado,
A ley de buen caballero
Salga en campo a demandallo.—
La dama le respondiera
Sin mostrar rostro turbado:
No quiero que nadie salga,
Basta que tengo probado
Que sedes vos, Don Manuel,
Entre todos más osado;
Y si d’ello sois servido
A vos quiero por velado:
Marido quiero valiente,
Que ose castigar lo malo.
En mí el refrán que se canta
Se ha cumplido, ejecutaldo,
Que dice: el que bien te quiere,
Ése te habrá castigado.—
De ver que a virtud y honra
El bofetón ha aplicado,
Y con cuánta mansedumbre
Respondió, y cuán delicado,
Muy contento y satisfecho
Don Manuel se lo ha otorgado;
Y allí en presencia de todos,
Los dos las manos se han dado.

(Códice del siglo XVI. —It. Timoneda, Rosa gentil)

 

 

La diferencia en el tratamiento de un mismo asunto entre los grandes poetas sajones y el poema popular salta a la vista. Dejando a criterio del lector la valoración artística que corresponda a unos y otros, se aprecia en el romance el tono propio de la literatura medieval española —con determinados aspectos más o menos censurables desde nuestra perspectiva actual — y un desarrollo moral de carácter introspectivo. Además, y pensamos que esto es importante, trata el romance de amor: no de amor vanidoso, sino de verdadero amor; del tropiezo de amor y de reconciliación, y de logro del amor. De cómo en los dominios del amor la acción equivocada florece hacia la luz.

 

En comparación, el alemán y el inglés exponen con extremada contención el suceso, dejando al margen otro sentimiento que no sea la irritación del caballero: desenmascarando la vanidad que se quiere amor y no es sino juego peligroso y error irreparable, y mostrando a la vez cómo dignidad, inteligencia y valentía conforman el ideal del hombre íntegro. En el romance, por otro lado, el caballero abofetea a la dama; en los otros, golpea con el guante: lo cual no quiere decir que los sajones no golpearan, sino que aún en el golpe optan por una representación cortesana, esteticista y elegante, en lugar de por la cruda violencia. Lo mismo vale hasta cierto punto respecto a Mira de Amezcua, aunque en el ámbito del XVII español el adjetivo infiel parece hablar únicamente de la cuestión de honor.

 

Menéndez Pidal señala cómo Cervantes, el gran transfigurador, daría un giro a la leyenda en el episodio del Quijote conocido bajo el nombre de «temeridad»  (III, 213, 23: II, 17): el recuerdo de otro romance, el de don Manuel de León, que entra impávido en la leonera a sacar el guante de una dama, es invocado para la gran aventura de los leones, donde la tantas veces audaz locura de don Quijote raya en extremos que más tocan en lo épico que en lo cómico; la victoria alcanzada ante el león que se vuelve de ancas es ridícula, pero el valor del héroe manchego, comparable al de don Manuel de León, no está ahora sólo en su imaginación, como otras veces, sino que realmente descuella en medio del temor de todos cuantos presencian el arrojo del caballero ante la fiera libre para acometer. Con razón, él se siente fuerte: «Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible». [6]

 

¿Cómo pasó la leyenda al acervo europeo? La historia se relata en el cuento 39 de la tercera parte de la obra de Matteo Bandello, Novelle, publicada en Lucca en 1554. Con ligeras variantes y refundida junto a la de los Siete Moros, el autor italiano asegura haber visto la paloma en labios del catalán Valenza. Si bien es habitual en él citar una procedencia imaginaria para introducir sus cuentos, en el caso que nos ocupa podría no ser improbable, dada la relación entre España e Italia por aquel entonces.

 

En 1569, Boaistuau, un noble bretón, tradujo doce cuentos de Bandello al francés bajo el título de Histoires tragiques, labor continuada por el escritor François de Belleforest, que tradujo cincuenta y tres cuentos más publicados en tres volúmenes hasta 1570. Belleforest se aleja notablemente del tono original, explayándose en glosas retóricas de carácter pedagógico y moralizante y sustituyendo la escena en que el caballero arroja el guante al rostro de la dama por un discurso explicativo. Hacia la misma época, el cronista Pierre de Bourdeille, abad de Brantôme, conocedor por igual de las lenguas española e italiana, ofrece una versión más fiel de la historia, si bien la ubica en París y la atribuye al Caballero de Lorge, capitán del cuerpo de guardia escocés al servicio del rey Francisco I y amigo personal del autor, circunstancia en absoluto gratuita: aparece contenida en su famosa obra Vies des dames galantes (Discours Cinquième: Sur ce que les belles et honestes dames aiment les vaillants hommes, et les braves hommes aiment les Dames courageuses), donde además de manifestar su pasión por el sexo femenino aprovecha para ensalzar a amigos y parientes. Se ignora si Brantôme tuvo conocimiento de la obra de Belleforest, aunque es probable, dada la amplia difusión de que gozó esta última. Sí se sabe, no obstante, que constituyó la fuente de la cual se sirve Michel de Saint-Foix para narrarla de nuevo en sus Essais Historiques sur Paris, 1778, fuente a su vez, según comentamos, de Hunt, Schiller y Browning. [7]

 

 

Del siglo XIX se conserva, además de los poemas citados, El teniente audaz, una balada de las que se cantaban en las calles de Londres por aquel entonces. El tema es el mismo, aunque ha sido objeto de una transformación singular que no es, en el fondo, sino traslación de motivos: no habla de un caballero, sino de dos pretendientes de una misma dama, el uno teniente y el otro capitán de barco, y la acción no transcurre en un castillo, sino en una cueva; al lugar del suceso se accede mediante un viaje, y no consiste en vez de contender leones, lo hacen dos posturas vitales claramente opuestas:


Vivía en Londres una dama dueña de muchas tierras,
Cortejada por caballeros, condes y duques ponían su esperanza en ella
Esta dama resolvió no compartir su lecho sino con quien se distinguiera
Con honores, por tierra o por mar, en toda contienda

 

Dos hermanos de ella se enamoraron, admiraban ambos su encanto
Procuraron ganarse su favor, y agradarle en todo lo que fuera,
Uno de ellos comisionado capitán, al mando del intrépido Coronel Carr
El otro era un noble teniente a bordo del Tigre, hombre de guerra

 

El mayor de los hermanos era capitán de afamados hechos,
El más joven juró arriesgar vida y fortuna por el bien de ella
Dijo ella hallaré cómo ponerlos a prueba, veré quién primero se arriesga
Y gobernará mi corazón el que demuestre ser más bravo

 

Ordenó a su cochero prepararse tan pronto como rompiera el alba
Y ella y sus dos héroes guerreros marcharon hacia la colina de la Torre
Cuando llegaron a la Torre arrojó su abanico a la cueva del león
Diciendo aquél que ganar a la dama quiera, me traiga el abanico de vuelta

 

Bien habló allí el capitán de corazón débil, obnubilándosele la mente
No me arredra el peligro, a afrontar mi adversario aún me inclino
Pero escucho leones y rugidos y no conviene acercarse a las bestias
Así pues, madam, del peligro me abstengo, otro paladín deberá ganarla

 

Bien habló allí el audaz teniente con voz como el trueno tan alta y tan clara
No me arredra el peligro, traeré de vuelta, amor, o moriré, tu abanico
Tiró de su espada y se metió entre ellos, los leones sumisos a sus pies
    vencidos
Llegose al abanico, lo recogió y salió dejando a los leones dormidos

 

Habiendo culminado tan galante acción, se encamino hacia la dama
Sentada en el coche temblando, pensaba que podría haber sido presa
    de los leones
Pero cuando vio venir a su héroe valiente, y que no había sufrido daño
Lo recibió con los brazos abiertos, diciendo toma el premio, el amor tú has
    ganado [8]

 

 

Lo que llama la atención de inmediato en esta balada es el retorno del amor o más bien, si abstraemos el lapso temporal que separa los momentos en que el romance y la balada se ponen por escrito, la preservación del amor. El registro popular parece haber seguido cauces diferentes a las elaboraciones cultas, que de algún modo asumieron una responsabilidad ética o no consideraron procedente eludirla: como si cuatro siglos no contaran, observamos que entre el romance español y la balada inglesa hay un contraste de tono, motivos, composición y tratamiento, pero a diferencia de aquéllas de los grandes poetas en ambas se preserva el amor. Y esto es así, tal vez, porque el pueblo ve las cosas de diferente manera; y acaso también porque tanto España como Gran Bretaña tenían puesta la mirada en el mar y sabían que la paloma habría de cruzarlo.

 

 

La historia no se detiene aquí: la paloma, en efecto, cruzó el mar. Y sorprendentemente, a principios del siglo XX aparece consignada como balada típica de la tradición folk de Kentucky, en los Estados Unidos [9]. Lleva por título, según las versiones, de The Fan, The Lady of the fan, The Lion’s Den, Bold Lieutenant o The Lady of Carlisle; y es bajo este último como pasa definitivamente al repertorio de los cantantes folk estadounidenses: Pete Seeger, Grateful Dead (en una recreación muy particular), Pentangle e incluso Bob Dylan, entre otros, la han interpretado en distintas ocasiones [10]. La versión de Basil May, probablemente la más antigua registrada (1937), es la siguiente:


La Dama de Carlisle

 

Allá en Carolina vivía una dama,
Que era la más bella y agraciada;
Había decidido ser toda una dama,
Ningún hombre conseguiría embaucarla.

 

A menos que fuera hombre de honor,
Hombre de honor y de altas prendas;
Finalmente dos soldados enamorados
Acudieron a verla.

 

Era uno un valeroso teniente,
Valeroso teniente y hombre de guerra;
El otro un valeroso capitán marino,
Capitán de un barco que de lejos viniera.

 

Habló entonces la dama perfecta,
‘Sólo a un hombre puedo ser prometida,
Si volvéis mañana por la mañana
Haremos que la cuestión se decida’.

 

Ordenó disponer un tiro de caballos,
Un tiro de caballos que ella llevara;
Y por el camino los tres marcharon
Hasta que a la cueva de los leones llegaron.

 

Allí se detuvo y allí hizo alto,
Los dos soldados mirando alrededor
Y por espacio de hora y media
La joven dama muda yació.

 

Y cuando recuperó el sentido
El abanico a la cueva arrojó
Diciendo: ‘¿Quién lo buscará
Para a una dama ganar?’

 

Habló el intrépido teniente,
Alzando alta y clara su voz;
‘Sabéis que amo a las mujeres,
Pero no daré la vida por amor’.

 

Habló el intrépido capitán,
Alzando alta y clara su voz;
‘Sabéis que amo a las mujeres,
Traeré el abanico o moriré’.

 

Allá en la cueva valiente entró,
Fieros y salvajes los leones;
Dio un rodeo, se metió en medio
Y el abanico sin daño recuperó.

 

Y cuando ella vio su verdadero amor
Venir de vuelta sin daño,
A su pecho se arrojó diciendo
He aquí el premio del ganador. [11]

 

 

Cuando la paloma llegó a Kentucky, pues, al cabo de los siglos, alcanzó su más alto grado simbólico: leones no hubo nunca en América y, como se puede observar, los motivos han sido reducidos a un mínimo de estilización, dejando sólo los elementos esenciales: una mujer inasequible, dos pretendientes, el viaje, la prueba ante el peligro, la elección, el final feliz. Sobre el mar había ido arrojando uno tras otro vestigios costumbristas, de moralidad y cortesía —tarea que emprendiera ya la balada anglosajona—, privilegiando definitivamente el valor y el sentimiento en el momento crucial (la dama se desmaya y enmudece víctima de la conmoción cuando la prueba que dispuso ella misma, tal vez sin ser del todo consciente del peligro, emerge con realidad plena). Sólo quedaba por decidir que el ganador no fuera el teniente, sino el capitán, sin duda porque el viaje en navío resulta más sugestivo en amor que las campañas marciales por tierra, como es probable se aprecie en Kentucky, un estado delimitado casi en su totalidad por importantes corrientes fluviales.

 

Además —tal vez el lector haya reparado en ello—, no deja de resultar llamativo que largo tiempo después y tras numerosos avatares, en la balada londinense y La Dama de Carlisle se sustituya el guante por un complemento como el abanico, universalmente conocido y sin embargo tan español: como si al borde del mar y preparándose para un largo viaje, la paloma necesitara de sostenimiento adicional, de un elemento que sugiera la memoria del origen—; y que ello se produzca no en las versiones cultas de la leyenda, sino al hilo de la transmisión popular, la que se ocupa esencialmente del logro de amor. Por modo misterioso, parece como si el mensaje hubiera buscado la desviación formal que garantice fidelidad mayor a su ofrenda.

 

Con todo, constituye aún una incógnita cuál pueda ser el sentido del mensaje, de un mensaje que cambia y se transforma, en estética como en intención, abriéndose paso entre tantas vicisitudes y sentidos derivados como podemos encontrar a lo largo de su dilatado periplo; de la misma manera que no nos hubiéramos referido aquí a la paloma de no ser por la insistencia con que, desde que leimos por primera vez el poema de Leigh Hunt, tendía la mente a superponer la palabra dove (paloma) a la palabra glove (guante). Azares aparentes, correspondencias, analogías y metamorfosis de un espíritu indefinible.

 

 

 

 

Kentucky

Louisville, Kentucky, junto al rio Ohio,
desde las colinas de New Albany

 


[1] http://www.cs.rice.edu/~ssiyer/minstrels/poems/275.html . Los comentarios en torno al poema que se hacen en el foro son de por sí interesantes.

[2]
         John Leigh Hunt: The Glove and the Lions


         King Francis was a hearty king, and loved a royal sport,
         And one day as his lions fought, sat looking on the court;
         The nobles filled the benches, and the ladies in their pride,
         And 'mongst them sat the Count de Lorge, with one for whom he sighed:

         And truly 'twas a gallant thing to see that crowning show,
         Valour and love, and a king above, and the royal beasts below.
         Ramped and roared the lions, with horrid laughing jaws;
         They bit, they glared, gave blows like beams, a wind went with their paws;

         With wallowing might and stifled roar they rolled on one another;
         Till all the pit with sand and mane was in a thunderous smother;
         The bloody foam above the bars came whisking through the air;
         Said Francis then, "Faith, gentlemen, we're better here than there."

         De Lorge's love o'erheard the King, a beauteous lively dame
         With smiling lips and sharp bright eyes, which always seemed the same;
         She thought, the Count my lover is brave as brave can be;
         He surely would do wondrous things to show his love of me;

         King, ladies, lovers, all look on; the occasion is divine;
         I'll drop my glove, to prove his love; great glory will be mine.
         She dropped her glove, to prove his love, then looked at him and smiled;
         He bowed, and in a moment leaped among the lions wild:

         The leap was quick, return was quick, he has regained his place,
         Then threw the glove, but not with love, right in the lady's face.
         "By God!" said Francis, "rightly done!" and he rose from where he sat:
         "No love," quoth he, "but vanity, sets love a task like that."

[3] Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua alemana. Traducidas directamente en verso por Fernando Maristany. Prólogo de Manuel de Montolíu. Valencia: Editorial Cervantes, 1919. Págs. 40-42.

[4] Daniel Eisenberg: Estudios cervantinos, en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/03243847356475722895302/not0019.htm Vid. Pérez de Hita: Guerras civiles de Granada, primera parte, capítulo 8.

[5] Ramón Menéndez Pidal: «Un aspecto de la elaboración del Quijote», en De Cervantes y Lope de Vega, Buenos Aires-Madrid: Espasa-Calpe, 1948, 4.ª ed.; 1964 (1920), pp. 9-60.

[6] Lope de Vega: Obras, Real Academia Española, torno IX, Madrid, 1899. 0bsevaciones preliminares, p p. 1xxxv-xcii. Cit. en Alexander Haggerty Krappe: The Legend of the Glove. Modern Language Notes, Vol. 34, No. 1. (Jan., 1919), pp. 16-23. The Johns Hopkins University Press.

Otras versiones pueden consultarse en M. A. Buchanan, «The glove and the lions», en Estudios dedicados a Menéndez Pidal, Madrid: CSIC, 1950-62, VI, 247-58 y en Fr. Thiel, Der Hamdschuh, Leipzig, 1881, 82-87.

[7] Cf. Alexander Haggerty Krappe, cit.

[8] Oxford University, Bodleian Library Broadside Ballads:

         In London city there lived a lady who posessed a vast estate
         She was courted by men of honour, dukes and earls on her did wait
         This lady made a resolution to join in wedlock with none but he
         Who signalled himself by honour all in the wars by land or sea

         There was two brothers who became lovers, they both admired this lady fair
         They did endeavour to gain her favour, likewise to please her was all their care
         One of them bore a captain's commission, under the command of bold Colonel Carr
         The other he was a noble lieutenant on board the Tiger man of war

         The eldest brother was a captain great protestation of did make
         The youngest brother swore he would venture his life and fortune for her sake
         Now said she I will find a way to try them, to see which of them first from danger start
         And he that shall behave the bravest shall be the governor of my heart

         She desired her coachman for to be ready as soon as he could see the break of day
         And she and her two warlike heroes to Tower-hill they rode away
         When she arrived unto the Tower she threw her fan into the lion's den
         Saying he that wishes to gain a lady shall bring me my fan again

         Then well bespoke the faint-hearted captain, who was distracted all in his mind
         To hostile danger I am no stranger, to face my foe I'm still inclined
         But to hear lions and the wild beasts roaring, for to approach them I do not approve
         So therefore madam forbear of danger some other champion must gain your love

         And well bespoke the bold lieutenant with voice like thunder so loud and high
         To hostile danger I am no stranger, I will bring you back, love, your fan or die
         He drew his sword and went in amongst them, the lions fawned and fell at his feet
         It was then he stopped for the fan and brought it and left the lions all asleep

         This gallant action now being over, unto the lady he took his way
         While she sat in the coach a trembling, thinking he might become lions prey
         But when she saw her bold hero coming, unto him there was no harm done
         With open arms she did embrace him, saying take the prize, love you have won

[9] Hubert G. Shearin: The Glove and the Lions in Kentucky folk-song. Modern Language Notes,Vol.26,No.4.(Apr.,1911),pp.113-114. The Johns Hopkins University Press.

[10] La discografía, como se puede apreciar a tenor de los siguientes ejemplos, en es muy extensa:

    1. Laws, G. Malcolm / American Balladry from British Broadsides, Amer. Folklore Society,
       Bk (1957), p237
    2. Butcher, Eddie. Shamrock, Rose & Thistle, Leader LED 2070, LP (1976), trk# 8 (Fan)
    3. Chandler, Dillard. End of an Old Song, Folkways FA 2418, LP (1975), trk# 1 (Carolina Lady)
    4. Combs, Jenny L.. Sharp & Karpeles / English Folk Songs from the Southern Appalachians,
        I, Oxford, Bk (1932/1917), p396/# 66A [1917/05/30] (Bold Lieutenant)
    5. Creech, Mrs. Berry. Sharp & Karpeles / English Folk Songs from the Southern            
        Appalachians, I, Oxford, Bk (1932/1917), p398/# 66D [1917/08/31] (Bold Lieutenant)
    6. Dunagan, Margaret. Sharp & Karpeles / English Folk Songs from the Southern
        Appalachians, I, Oxford, Bk (1932/1917), p398/# 66C [1917/09/09] (Bold Lieutenant)
    7. Henderson, Marian. Cameo, Coral CRL-75712, LP (197?), trk# 4
    8. Ian and Sylvia. Four Strong Winds, Vanguard VSD 2149, LP (1963), trk# B.03
    9. MacColl, Ewan. Scots Street Songs, Riverside RLP 12-612, LP (1956), trk# A.04 (Lion's
        Den)
  10. Maguire, Mrs. Folk Songs of Britain, Vol 7. Fair Game and Fowl, Caedmon TC 1163, LP (1962),
        trk# B.04 [1950s] (Lion's Den)
  11. May, Basil. Anglo American Ballads, Library of Congress AFS L 1, LP (1956), trk# B.03 [1937]
  12. May, Basil. Lomax, John A. & Alan Lomax / Our Singing Country, MacMillan, Bk (2000/1941),
        p162 [1937]
  13. New Lost City Ramblers. Sing Songs of the New Lost City Ramblers, Aravel AB-1005, LP (196?),
        trk# 12
  14. New Lost City Ramblers. New Lost City Ramblers, Vol. 3, Folkways FA 2398, LP (1961), trk# 13
  15. New Lost City Ramblers. Cohen, John, Mike Seeger & Hally Wood / Old Time String Band
        Songbook, Oak, Sof (1976/1964), p 36
  16. Pope, Minnie. Sharp & Karpeles / English Folk Songs from the Southern Appalachians, I, Oxford,
        Bk (1932/1917), p397/# 66B [1917/05/01] (Bold Lieutenant)
  17. Seeger, Pete. American Ballads, Folkways FA 2319, LP (1957), trk# 10 (Down In Carlysle)
  18. Workman, Nimrod; and Phyllis Boyens. Passing Thru the Garden, June Appal JA 0001,
        LP (1975/1972), trk# A.07 (Bold Sea Captain)

   Sobre la version de Grateful Dead, se puede encontrar información en
   http://www3.clearlight.com/~acsa/introjs.htm?/~acsa/songfile/LADYCARL.HTM

[11] La versión de Basil May puede ser escuchada en Internet, en
        http://www.aberman.org/folk78s/carlisle.htm

         Down in Carlisle there lived a lady,
         Being most beautiful and gay;
         She was determined to live a lady,
         No man on earth could her betray.

         Unless it were a man of honor,
         A man of honor and high degree;
         And then approached two loving soldiers,
         This fair lady for to see.

         One being a brave lieutenant,
         A brave lieutenant and a man of war;
         The other being a brave sea captain,
         Captain of the ship that come from far.

         Then up spoke this fair young lady,
         Saying "I can't be but one man's bride
         But if you'll come back tomorrow morning,
         On this case we will decide. "

         She ordered her a span of horses,
         A span of horses at her command;
         And down the road these three did travel
         Till they come to the lions' den.

         There she stopped and there she halted
         These two soldiers stood gazing around,
         And for the space of half an hour,
         This young lady lies speechless on the ground.

         And when she did recover,
         Threw her fan down in the lion's den
         Saying, "Which of you to gain a lady
         Will return her fan again?"

         Then up spoke the brave lieutenant,
         Raised his voice both loud and clear,
         Saying, "You know I am a dear lover of women,
         But I will not give my life for love."

         Then up spoke this brave sea captain,
         He raised his voice both loud and high,
         Saying," You know I am a dear lover of women,
         I will return her fan or die. "

         Down in the lions' den, he boldly entered,
         The lions being both wild and fierce;
         He marched around and in among them,
         Safely returned her fan again.

         And when she saw her true lover coming
         Seeing no harm had been done to him,
         She threw herself against his bosom
         Saying, "Here is the prize that you have won!"

         Recorded on L of C by Basil May, KY, 1937

Imagen: The Great South; Electronic Edition. King, Edward, 1848-1896. Illustrated by Champney, James Wells, 1843-1903


 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

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