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Poiesis

     

 

Robert Graves
 



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de la Diosa
 

 

 

Las únicas recompensas de que tiene perfecto derecho a gozar un poeta son tres: primera, la sensación de que lo que ha escrito no sólo se tiene en pie por sí solo, sino que posee impulso suficiente para echarse a andar y quizá para continuar andando después de su muerte. Segunda, se complace si sus dignos poetas contemporáneos dan fe de este acontecimiento creador, aunque haya desaparecido ya la costumbre isabelina de prodigar 'elogios' por escrito a las obras de un colega poeta y hasta de lanzarlos ante su tumba. La última y principal es la que goza de la aprobación que le demuestre la determinada Musa a que dedicó su poema, por muy a regañadientes que se pronuncien tales alabanzas.

 

 

Marcar la pauta es función exclusiva de la Musa. Sus exigencias son imprevisibles e innegables: y no se le puede forzar la mano.

 

 

El arte de adaptar el sentido al sonido sin detrimento de la idea primitiva ha de aprenderse mediante el ejemplo y la experimentación. El mayor o menor énfasis de una palabra puede regularse poniendo en juego otras frente a ella y eligiendo detenidamente su posición en el verso, y verificando los ajustes necesarios en los versos contiguos hasta que, por fin, el oído se sienta satisfecho. Entre los poetas es axiomático que entregándose sinceramente a la magia poética se puede estar seguro de que todos los problemas verbales se resolverán, o, si no, se descubrirá cuál de ellos es el que oculta una imprecisión en el pensamiento poético.

 

 

Decir: «La próxima vez que escriba un poema haré un soneto» es una conducta antiprofesional, porque el tema, por definición, es imprevisible, y es precisamente el tema el que suscita el metro. El poeta no debe darse cuenta de la métrica de un poema hasta que hayan surgido ya los tres o cuatro primeros versos; incluso puede darse el caso de andar ya por su undécimo verso y no haber advertido hasta entonces que era un soneto lo que se gestaba.

 

 

Todo poema va dirigido a la Diosa. Y ella perdona sonriente la torpeza del joven o el indocto -los primeros poemas tienen una pelusilla o vello que no existe en los poemas posteriores- y aprecia el amoroso cuidado que los más experimentados ponen en el poema; tiene aversión a los desaliñados. Pero insiste en la verdad y juzga ridícula la idea de utilizar los argumentos o el hechizo retórico para sojuzgar su intuición de la verdad.

 

 

Una vez que el poeta ha experimentado la emoción de un poema y de hacerlo pasar a través de distintos borradores, siempre con la misma emoción, ya esa ansia no le desaparecerá jamás. Cuando se convierte en una opresión, suele adoptar una actitud receptiva: coloca pluma y papel a mano y espera el milagro de la aparición de la Musa; entonces se impacienta, comienza a garrapatear palabras (como quien mueve un poco la tabla de escritura del espiritista para que se inicie su tarea) y pronto halla una rima o una frase llena de promesas. Así provoca la gracia -no de la Diosa, sino de esos locos y haraganes espíritus, aún apegados a la tierra, que revolotean en torno a la tabla o a la cabecera de los enfermos-.

 

 

Todo poeta sabe, en el fondo, cuáles son los poemas necesarios y cuáles son los innecesarios. Los primeros son raros, y más raros todavía aquellos cuya primitiva necesidad no quedó embotada por una torpe elaboración. Desde el punto de vista ideal, sólo éstos debieran publicarse, pero las gemas defectuosas no por eso dejan de ser gemas, y no existe un poema totalmente intachable; así pues, en una selección de poemas bastará con eliminar por lo menos, las piedras de vidrio y las de material sintético. Sin embargo, son pocos los poetas suficientemente despiadados para cumplir a fondo esta tarea.

 

 

¡Señoras y señores, descansen! Para salvarse no hace falta esta ciencia en absoluto. Hay poemas solamente, pocos en cada generación, y hay modas periódicas de versificar.
 





 

En 'El credo artístico' (VVAA), Editorial Norte y Sur, Madrid, 1966
 

 

 

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